VAMPIRICA

Posted on 13 junio, 2010. Filed under: Sin categoría | Etiquetas: |

MMe acostumbré a soñar con lugares remotos en horas
interminables, perfumes mortuorios introduciéndose en lo más profundo
de mis memorias, letargos tan reales, que a veces se mezclaban con la
realidad provocándome una confusión sobre el estado de mi existencia.
Los días se tornaban abulia, una pereza total se apoderaba de mis
actos, no poseía motivación alguna para aferrarme a la existencia, el
único lugar donde mi alma podía recobrar su disminuida energía se
encontraba bajo las alas del sueño. En ese sitio donde las fantasías
renacen dentro de lo más íntimo de nuestras perversiones, pude al fin
recuperar mi motivación, y a su vez, un delicado estímulo; me llevó a
los rincones ocultos de la historia del planeta, un tiempo que no puede
ser ubicado bajo ninguna condición dentro de los límites de la línea
cronológica, a este tiempo onírico y hermoso le he dado el nombre de
los siglos oscuros. He aquí una de mis experiencias dentro de este
pseudo paraíso.

Caminaba
por un oscuro callejón bajo la inquisidora mirada de la luna. La niebla
era cada vez más densa y espesa, apenas se podían divisar algunas
negras siluetas de transeúntes que daban un paseo por los rincones más
desconocidos de la ciudad de Rancagua. Encendí un cigarrillo mientras
disfrutaba de lo solitario del ambiente, reinaba el silencio con
solemnidad, de pronto un grito agudo y penetrante, semejante al
chillido agónico de un cerdo al ser sacrificado, quebró la quietud de
las tinieblas.

Intenté
seguir el origen del grito, parecía provenir de un callejón muy próximo
a donde me encontraba, mi respiración comenzó a agitarse, poco a poco
mis oídos percibían otro sonido, muy distinto al anterior, pero no
menos inquietante. Parecía el llanto de una niña pequeña, demasiado
aterrorizada…

El
ruido se escuchaba cada vez más nítido, lo que indicaba que me estaba
acercando a mi destino. Entre la espesa niebla pude divisar una hermosa
niña aferrándose al cuerpo de un hombre que yacía en el pavimento,
lloraba desconsoladamente, con la respiración ahogada por la angustia y
el miedo. Me acerqué a ella, con mucho cuidado para no asustarla, toqué
el cuerpo del hombre: Estaba frío. Sus ojos completamente abiertos
habían congelado su última mirada, el hombre sufrió una muerte violenta
y la pobre niña lo contempló todo con sus inocentes ojos. Decidí llevar
a la niña a mi hogar, en ese momento no me importó el cadáver del
hombre, lo primero era la tranquilidad de la niña.

Gradualmente,
la pequeña pareció recobrar la serenidad. La recosté con mucho cuidado
en mi dormitorio, esa noche yo dormiría en el sofá; y al amanecer
informaría a la policía sobre mi hallazgo.

Cuando
por fin pude conciliar el sueño, extrañas imágenes comenzaron a
atormentarme. El hombre que yacía en el pavimento se arrastraba ante mí
implorante: —Dame Paz —decía, yo no podía entender nada.

Al
amanecer desperté sobresaltado por una risa infantil, busqué a la
pequeña por todas partes, pero había desaparecido. Pero, eso no era lo
peor: Dos gigantescos charcos de sangre manchaban mis sábanas. ¿Alguien
había entrado?… Eso era Imposible. El sistema de seguridad de mi
hogar se habría activado, nadie podía haber ingresado en la noche.
Entonces la pregunta surgió en mi cerebro: ¿De dónde provenía toda esa
sangre?… ¿Podría yo ser capaz de haber asesinado a una niña inocente
y haberla ocultado en un rincón de mi hogar? Aunque esto sonaba
macabro, era una alternativa posible. Así es que recorrí todos los
rincones de mi hogar buscando el cuerpo de la niña, pero todo fue en
vano… Estaba comenzando a enloquecer, debía hacer algo rápido, pero
no se me ocurrió otra idea que inyectarme una buena dosis de codeína, y
emborracharme con una botella de Ron. Solo así pude olvidar mi pesar
por algún tiempo, en el deplorable estado en que me encontraba, creía
oír a veces la risa de la niña como si ella jugueteara por mi hogar.

Repentinamente
el sueño volvió a apoderarse de mí: Me encontré en otro tiempo, en un
lugar semejante a palestina. Un hombre crucificado, se levantaba de su
sepulcro, de sus heridas manaba abundante sangre que caía a chorros al
suelo. La niña aparecía entonces y se arrodillaba frente al hombre y
comenzaba a lamer sus heridas.

 

Cuando
desperté algo dentro de mí había cambiado. Mi mente parecía haber
sufrido un trastorno particularmente bizarro, mis sentidos se alteraron
de un modo extraño, cada uno de estos se había agudizado. Podía
percibir cosas que ningún ser humano lograría sentir. Escuchaba el
sonido del aire, el particular ruido que emiten las hormigas cuando
devoran a su presa, podía ver a través de gruesas superficies,
observaba con nitidez las partículas que conforman el aire, en fin;
poseía una amplia superioridad sobre cualquier ser medianamente
pensante en la faz del planeta, pero esto no era todo.

Fue
una noche de julio cuando logré comprender la causa que había provocado
estos trastornos en mí, puedo asegurar que no estaba dormido, de hecho
caminaba por las callejuelas de Rancagua, en medio de la oscuridad.
Ahora disfrutaba enormemente la noche, pues en el día me sentía enfermo
y fatigado a pesar de que me alimentaba con gran avidez.

Me
asombré enormemente al contemplar al hombre que yo creía muerto,
arrastrándose con la mitad de su cuerpo por las calles de la ciudad, se
acercaba gimiendo hacia mí, con una voz que trataba de parecer humana,
pero más bien se asemejaba al aullido de un animal salvaje. Cuando
estuvo frente a mí abrió completamente su boca desdentada y vomitó un
liquido que parecía sangre, pero era considerablemente más viscoso y
repulsivo. Entre todo ese horror orgánico el hombre me advirtió: —Ella
vendrá por usted.

 

Después de esto el hombre desapareció, sin dejar rastro…

Corrí
por la ciudad asustado, sentía que una fuerza maligna me perseguía…
Yo corría sin saber hacia dónde, hasta que algo invisible golpeó mi
nuca y me derribó dejándome inconsciente.

Ella me miró a los ojos y con su voz dulce y melodiosa como un coro de serafines, dijo: —Toma mi mano y sígueme.

 

Cómo
si todo el mundo cambiara en un pestañeo, me encontré en un lugar
desconocido, todo parecía mutilado; el cielo horriblemente negro, no
poseía estrellas; la flora y fauna eran extrañas a todo lo que había
visto en el mundo, seres alados surcaban los cielos con infinita
gracia.

Ella
me miraba y sonreía con una dulzura confusa, algo perversa. Es difícil
para mí describir lo prodigioso de la desértica naturaleza que ahora
mis ojos contemplaban, tiempo después supe el nombre de aquél país:
Olvido.

A medida que mi compañera y yo avanzábamos por ese terreno yermo y muerto, vi un lugar muy extraño, pero bastante familiar.

Era
mi tierra natal. Un lugar al que sus habitantes llamaban Pueblo de
Brujas. allí monstruosas cadenas de montañas estaban perforadas por un
gran número de cavernas, que según la leyenda, servían de moradas a
mendigos que no pertenecían al mundo de los hombres, no tardé demasiado
en comprender que las historias que contaban los viejos en el pueblo
eran algo más que simples leyendas.

La
niña me llevó dentro de una de las innumerables cavernas, me contó una
historia, un relato que para siempre cambiaría mi percepción del
universo. Me contó acerca de un hombre que venía desde las estrellas,
un ser excepcional maldecido por su Dios, y condenado a morir en manos
de su propio pueblo. Un ser que gobernaba en un lugar más allá de la
noche, alguien que al morir en la cruz había murmurado una extraña
sentencia:—El que beba de mi sangre y coma de mi carne, tendrá vida
eterna.

 

En
la época medieval sanguinarios hombres usando el estandarte de la cruz,
buscaron el recipiente que contenía la sangre del ángel descendente.
Los hombres buscaron en lugares equivocados.

Yo
había sido elegido entre millones de seres para absorber aquél precioso
líquido. En una caverna rodeado por seres que parecían eternos, aquella
niña me dio a beber de aquel recipiente de oro.

La
preciosa droga me sumió en un estado de excitación profunda, demasiado
profundo como para no percatarme de que había sido iniciado en una
nueva forma de existencia, privado de absurdos sentimientos como amor,
piedad y compasión. Me transformaba poco a poco en un ser superior. La
niña reía con una carcajada maldita. Su rostro antes hermoso y
angelical se contraía en una expresión demoniaca, llevaba un bebé en
sus brazos, un bebé que lentamente calmaría su sed, esa sed maldita y
criminal a la cual mi estúpida curiosidad me había llevado.

Ahora
estoy aquí, en la profundidad de una caverna, oculto de los seres que
más amo, pedazos de cadáveres decoran mi morada, la niña maldita yace a
mi lado, todas las noches ella me trae una víctima para saciar mi sed,
mis ojos jamás podrán contemplar un nuevo amanecer. La noche y la
diabólica niña serán mis únicas compañeras por el resto de la
eternidad.





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