QUE ES UN MISTICO HOY

Posted on 24 mayo, 2010. Filed under: MENSAJE |

QUE ES UN MISTICO HOY

Hoy, como en todos los tiempos, un místico es alguien tan necesario
como inútil para su generación. Es inútil porque no produce nada y lo que ofrece
no se puede comprar ni vender. No tiene precio en el mercado. Se escapa a quien
lo quiere prender y confunde a quien lo quiere comprender. Por ello hay que
apartarlo, porque se interpone entre la inmediatez de lo que hay que lograr y
producir. El místico dice: lo que verdaderamente es, ya existe. Sólo hay que
aprender a percibirlo. Molesta también a la institución, porque la relativiza y
le recuerda que el cielo que ha pintado en el interior de sus bóvedas no es el
cielo abierto auténtico.

Pero, a la vez, su presencia es indispensable porque señala un modo de
existencia que anhelan todos los seres y las mismas instituciones. Ha nacido
para alentar la llama sagrada que arde en todos y en todo. El fuego del místico
es diferente al del profeta. Éste señala y grita lo que falta, mientras que el
místico indica lo que ya es. El profeta habla del todavía no, mientras que el
místico habla del ya sí. Ambas cosas son necesarias.

Parafraseando a Raimon Panikkar, “el místico no es el que tiene
esperanza del futuro sino de lo Invisible”.

El místico no es ingenuo, sino inocente. La ingenuidad es una
inmadurez que hace ciegas y torpes a las personas, porque les impide
confrontarse con los elementos oscuros de la realidad y de sí mismos, mientras
que el inocente lo ve todo, lo percibe todo y, sin echarse atrás, se entrega.

Otra de las cosas propias del místico es su
capacidad de conjugar paradojas. Por un lado, es alguien exquisitamente cercano
a las personas y a sus situaciones, pero también resulta inalcanzable, retirado
en una extraña lejanía. Estando plenamente presente, está también ausente. Se
halla en otro Lugar, y cuando está en otro lugar, se percibe su presencia. Su
hablar es silente y con su callar, habla. Las palabras son sagradas para él -o
ella-; por eso no las malgasta. Y por ello también sabe escuchar, y entiende lo
que los demás no entendemos. Habla, mira, comprende desde un lugar diferente; a
veces, tan diferente, que parece locura. Pero su locura no es más que el choque
que produce en nosotros su anticipación de Realidad.

Ama cada objeto, cada planta, cada pétalo, y queda fascinado por
ellos, pero, a la vez, puede prescindir de ello. Todo él es ternura, pero
también vigor, como dice Leonardo Boff sobre Francisco de Asís. Es frágil y
fuerte a la vez. No puede soportar el dolor de los pequeños. Ve desde ellos y
para ellos, y su oración es siempre por ellos.

Es concreto, arraigado en su tiempo y en su lugar, capaz de un hablar
sencillo y de poner ejemplos que los más pequeños comprenden, y a la vez, es
universal, porque percibe lo que atañe a la condición común de los humanos. Ve
la parte en el todo y el todo en la parte. Podríamos decir que tiene un
instinto fractal, que es tal como hoy los científicos comprenden que está
constituido el entramado de la realidad.

Es de una libertad soberana pero, a la vez, está al servicio de todos,
porque percibe la irrepetibilidad de cada persona y de cada cosa, y ello le
hace caminar por tierra sagrada. Acoge a cada ser como una epifanía y,
estremecido, se somete libremente porque sabe que su yo no le pertenece, sino
que es sólo receptáculo y testigo de las existencias ajenas.

Ama su tradición, aquella que le ha nutrido y le ha guiado, pero no
hace un absoluto de ella. Sabe que “ser original es retornar a los orígenes”
(Gaudí), no para repetirlos sino para recrearlos. Y el origen de cada tradición
está más allá de ella misma, antes de que surgiera. Conoce el camino de la Fuente,
“aunque es de noche”. Su fe es transconfesional, porque sabe que la existencia
está atravesada de Presencia y ello es lo que celebran todas las tradiciones.
Se alegra con ellas, por su diversidad y su riqueza.

Como un compás, con un pie está arraigado en su propio centro, y con
el otro recorre los círculos de la alteridad. Este centro no es sólo el de la
tradición a la que pertenece, sino que es un Centro más hondo que,
descentrándole, le recentra.

Todo él está vacío. Su
existencia es un pasaje por el que otros transitan para descubrirse a sí
mismos. Como un icono, su sola presencia ayuda a los que le rodean a descubrir
la hondura que les habita. Él sólo calla y ve. Y su alegría, tanto como su
nostalgia, son inmensas.

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