ANTIA

Posted on 24 mayo, 2010. Filed under: REFLEXION |

ANTIA

La niña había dejado
de jugar con las muñecas que yacían escondidas en un rincón de su cuarto, ya no
quería ser más la mamá de su antes querido pepón, y que ahora dormía abandonado
sobre la cuna de palitos de madera que le hizo su hermano mayor. No hacía ya
papillas con harina y agua ni le limpiaba los imaginarios pises, los mocos o
los restos de papilla a su muñeco mientras lo abrazaba maternalmente y le
llamaba cariñosamente cochinito.

Ahora rehuía estar
sola con sus muñecas, le daba miedo de sus ojos grandes y redondos que la
miraban fijamente; no sabía cómo jugar de nuevo con ellas, no tenía ganas de
inventarse fantasías; no quería ser ya mamá ni enfermera ni maestra ni nada. Su
hermana sonreía cuando entraba en el cuarto que compartían, veía a todas las
muñecas vueltas cara a la pared ajena a lo que ocurría en la cabeza de la niña,
pensando quizá que todas las muñecas estaban castigadas por algún nuevo juego
de su hermana pequeña.

La niña buscaba la
soledad y se escondía entre las paredes de los estantes aún sin enfoscar de la
obra que estaban haciendo en su casa; se acurrucaba como un ovillo en los
huecos buscando la tranquilidad y el silencio cuando llegaba del colegio y
terminaba llorando sin saber muy bien qué le estaba pasando, su entendimiento
no llegaba más lejos, hasta que se dormía de cansancio. Muchas veces su hermano
mayor la sacó de allí cuando regresaban los albañiles del almuerzo para seguir
con el trabajo de la obra y la encontraban dormida como un animalito escondido.

La maestra intuía un
cambio en la chiquilla y quería hablar con su madre porque la niña, antes tan
jovial y participativa, había dejado de jugar a la hora del recreo en el patio
del colegio, no participaba de las actividades y si lo hacía, lo hacía de mala
gana. Había dejado de hacer los pocos deberes que le mandaban para casa y los
que hacía los hacía mal y sin prestar atención. Su nerviosismo era patente
cuando pronunciaban su nombre y la sacaban de su mundo imaginario, entonces, la
niña miraba al vacío y esquivaba las preguntas escondiéndose tras alguno de sus
compañeros de aula.

Cuando volvía a casa
era aún peor, sabía que se encontraría de nuevo con la gente extraña que la
rodeaba, tenía que pasar por la puerta de su verdugo y su madre, ignorante de
tanto terror, la mandaba jugar con la nieta pequeña de los vecinos de al lado
de su casa. Se escondía de todos. Oía a sus hermanos y a sus padres llamarla a
gritos a la hora del almuerzo pero ella seguía escondida: en el pajar o en la
cámara donde guardaban los aperos de labranza y los embutidos de las matanzas
del invierno; escondida entre los sacos de grano y las canastas llenas de lana
de oveja aún sin cardar que guardaba su madre para los colchones y las
almohadas.

La madre veía como
la niña había perdido peso y se negaba a comer en la mesa con el resto de la
familia. Había perdido el color sonrosado de las mejillas infantiles que se
había cambiado por una palidez verdosa e insana. Los ojillos de la cría no eran
capaces de centrarse y quedarse fijos en ninguno de ellos y el brillo febril de
éstos asustaron a la madre. La llevó varias veces al médico que la reforzó con
vitaminas y calcio, tenía ocho años pero crecía con rapidez y era mejor
proveerla de lo necesario para hacerse una hermosa jovencita. No imaginaban
nada más.

Su hermana mayor se
desesperaba por las mañanas cuando iba a recoger las camas encontrándose con
las sábanas mojadas de pis, y en el colchón se había formado el inmenso
redondel amarillo difícil de secar en un colchón de lana. Colocaba una manta
para que no calara la humedad el cuerpecito de la niña y le escondía a la madre
la nueva situación porque temía el regaño y el azote a su pequeña hermana.
Escuchaba su respiración agitada durante la noche y los gemidos de sus
pesadillas pero no quería darle mayor importancia, tal vez tenía celos del
hermanito tardío y recién llegado, y quería llamar la atención de su madre
absorta en los cuidados del recién nacido. Ella sólo tenía doce años y tampoco
le dio importancia al echo de que la niña se arrancara las pestañas y las cejas
hasta dejarlas completamente calvas, suponía que se debía también a los celos.

Nadie podía imaginar
el calvario que estaba pasando la niña, nadie se preguntó el porqué de todas
sus reacciones, de su soledad y de su silencio. A veces pienso que si las
criaturas tan pequeñas fuesen conscientes de lo que es el suicidio y que con él
pondrían fin a su tortura, aquella niña se hubiese suicidado sin dudarlo un
solo segundo. Sentía tanto terror en su pequeño cuerpo que cuando recordaba lo
que le había pasado se le soltaba la tripa hasta hacerse caca en la ropa
interior. Ella no quería estar allí, quería diluirse y hacerse invisible para
los demás; quería vivir en su universo nuevo, lejos de todos los que pudiesen
hacerle daño. Le habían robado su niñez y no sabía dónde se encontraba en ese
momento de su vida, ya no volvería a ser una niña, eso lo sabía con adulta
lucidez; tampoco era una mujer, entonces ¿qué era?. Le habían robado la
inocencia aunque ella no supiera qué quería decir aquella palabra.

Todo sucedió unos
meses antes cuando agonizaba el verano. Su vecino la había invitado a dar un
paseo en coche junto a la nieta pequeña. En su pueblo aún había muy pocos
coches y aquel SEAT 600 azul le gustaba mucho y la ilusionaba poder montar en
uno. El viejo le dijo que no dijera nada a su madre porque el paseo iba a ser
corto y su mamá igual no la dejaba ir con ellos. La chiquilla le prometió no
decir nada a nadie y cuando el viejo se cercioró de su silencio le pidió que lo
esperara a la salida del pueblo en un camino de tierra que iba hasta el río. La
chiquilla estaba tan nerviosa con la aventura que esperó casi una hora
escondida detrás de la pared de una vieja casa en ruinas hasta que vio aparecer
el SEAT azul.

El viejo paró el
coche y ella se subió en el asiento del copiloto. Tenía el corazón galopando de
ansiedad y alegría, pero se dio cuenta rápido de que algo iba mal: la nieta no
estaba dentro del coche y preguntó:

-¿Dónde está Marta?

El viejo le
argumentó que se había quedado dormida y que la abuela no había querido que la
despertara pero, que no importaba, que él iba para el río de todas maneras y
que podía acompañarlo si quería. La chiquilla se tranquilizó cuando el viejo
vecino le lanzó una sonrisa.

La niña continuó el
camino curioseando feliz mirándolo todo a un lado y a otro de la carretera.
Cuando llegaron al río saltó rápido del coche para buscar ranas en los remansos
que se formaban a los lados del río, y cualquier otra cosa que fuese útil en
los juegos de su mente infantil.

En una lata vieja que
encontró entre el barro iba metiendo las ranas que consiguió atrapar. Pasó un
buen rato de un remanso a otro hasta que el viejo se acercó a ella y le dijo
que tenía una cosa que enseñarle, la cría se volvió sin temor a ver qué cosa
era aquello que tenía tan interesante y el viejo le pidió que subiera de nuevo
al coche porque estaba allí. La chiquilla no dudó en hacer lo que el viejo le
pedía y volvió a tomar asiento en la parte delantera. El viejo le dijo que los
asientos del coche se iban hacia atrás con un mecanismo de palanca que tenían a
la derecha y retrepó el asiento. La niña miraba con curiosidad como se movían
los asientos y se deslizaban hacia atrás y manipulando la palanca de su lado
retrepó el suyo. El abuelo le dijo que se tumbara a descansar un rato y la
criatura obedeció feliz.

Tumbado a su lado
comenzó a mirarla de una forma extraña y ella notó cómo la respiración del
viejo se hacía más rápida mientras manipulaba algo a través del bolsillo del
pantalón. Empezó a halagarla tocándole las rodillas llenas de costras de
heridas de juego, a decirle lo bonitas que tenía las piernas y lo guapa que iba
a ser de mayor; subió una mano desde sus rodillas hasta las braguitas blancas
de punto de ganchillo que le había hecho su abuela y comenzó a acariciarle las
ingles. La niña notó cómo se le secaba la garganta por el miedo súbito y a
intuir que algo de lo que estaba pasando estaba mal, que algo no funcionaba y
que aquello no debería estar ocurriendo, así que intentó apartar las manos del
viejo de su inocente cuerpo y bajarse la falda de nuevo pero el cerdo se
volcaba encima de ella mientras le inmovilizaba las piernas con una suya.
Intentó zafarse pero era imposible, una criatura con apenas ocho años recién
cumplidos contra un hombre corpulento y fuerte. El viejo la sujetó por las
muñecas y comenzó a besarle la cara, los ojos, intentaba besarle los labios
pero la chiquilla retiraba la cara diciendo que no, que por favor la soltara,
suplicándole temblorosa y asustada que la llevara a su casa. El ruin animal no
la escuchaba, se bajó los pantalones y obligó a la aterrorizada niña a tocarle
el asqueroso miembro. Con una sola mano la sujetaba fuertemente por las muñecas
para que no se escapara, mientras la amenazaba cruelmente: le gruñía
entrecortadamente, que si le decía a alguien lo que estaba pasando mataría a su
padre primero y después a su madre, y así a cada uno de los miembros de su
familia y que a ella la dejaría viva para que viera como los mataba uno a uno,
y que después la llevaría a vivir con él para hacerle aquello todos los días.

Venció la
resistencia de la criatura a base de terror y la chiquilla dejó de gritar y se
dejó hacer en silencio todo lo que la bestia deseó.

La mente de la niña
comenzó a flotar, ya no era ella la que estaba sufriendo todo aquello, vio todo
lo que le estaba sucediendo desde otro plano, había conseguido salirse de su
cuerpo y miraba desde fuera del coche todo lo que le ocurría a aquella niña
laxa que tenía los ojos fijos en el techo y las lágrimas congeladas en las
pestañas, que soportaba apenas sin respirar el dolor y las babas, el sudor y el
aliento de aquel hijo de puta. La mente de la niña estaba en otro lugar más
amable escapando de todo aquello que le estaba pasando a la pobre niña del
coche. Ella estaba a salvo en su casa con su familia: jugando con su hermanito
pequeño y abrazando a su madre y a su padre; estaba aguantando todo aquel
dolor, mordiendo el miedo y aguantando las náuseas por ellos, ella no quería
que aquel hombre malo los matase y estaba entregando lo que le pedía por ellos,
estaba inmolando su inocencia por los que más amaba.

El viejo cerdo
resolló encima de ella como una bestia herida y algo caliente y pegajoso se
expandió sobre su barriguita, su pubis y sus braguitas de ganchillo medio
bajadas. Cuando el animal recobró el resuello se subió el pantalón y colocó el
asiento en su lugar, después le habló sin piedad:

-¿Ves?. No ha sido
tan malo, no te ha pasado nada y no hemos hecho nada malo así que no se lo
cuentes a nadie. Ya sabes que si le dices a alguien lo que ha pasado te
quedarás sin familia. El primero será tu padre.

La niña rompió a
llorar desconsoladamente mientras temblaba de miedo intentando cerrar las
mandíbulas fuertemente y que sus dientes chocando entre sí no hicieran ruido.
Nerviosa ponía su ropa en orden y se secaba las lágrimas a manotazos para no
enfadar al viejo. Al final todo había terminado y el viejo cerdo la llevaba de
vuelta a su casa. Lo último que vieron sus hermosos ojos antes de marcharse fue
cómo las ranas se salían de la lata y saltaban de nuevo hasta el río.

Cuando llegó a su
casa se fue corriendo muerta de asco y de angustia al cuarto de baño a lavarse
y a quitarse las braguitas; sintió tanto miedo de que su madre pudiera verlas
que las metió en una bolsa de plástico para deshacerse de ellas. Se lavó
atropelladamente con el jabón negro de su madre, mientras el olor del semen se
le metía por la nariz y se gravaba en su memoria para el resto de su vida.

Nerviosa, volvió a
sacar las braguitas de la bolsa por si acaso tenía forma de lavarlas pero
volvió a ver los churretes de sangre y la humedad gris del semen y decidió que
era mejor deshacerse de ellas. Atravesó el corral lleno de animales y salió por
el portón trasero de la casa que daba a un arroyo e inmediatamente, al
cruzarlo, a un vertedero de basuras y escombros. Cavó un agujero con sus
pequeñas manos y enterró las braguitas blancas de ganchillo que le había hecho
su abuela. También enterró con ellas su niñez y su inocencia: a partir de aquel
día las cosas ya no volverían a ser igual que antes, lo sabía con brutal
realismo.

Durante tres años
más sufrió el terror de encontrarse a su verdugo día tras día, de soportar sus
miradas lascivas y soportar sus fracasados intentos por encontrarla a solas. El
miedo a que hiciera daño a los que más quería la seguía manteniendo muda. Se
encerró en los libros y en su cuarto lleno de muñecas con las que jamás volvió
a jugar y controló su ansiedad cuando el verdugo estaba presente pareciendo más
fuerte de lo que en realidad era; era la única defensa que tenía ante la bestia
aunque por dentro se estuviera muriendo de miedo. Consiguió salir airosa de
todas las intentonas hasta que el viejo marrano se marchó jubilado del pueblo a
vivir en otra provincia más cerca de sus hijos. Aquel día el sol volvió a
brillar para ella y descansó de nuevo su pequeño corazón. El sentimiento de
culpa que arrastraba desde aquel lejano día empezaba a olvidarse ¿Había tenido
ella la culpa de lo ocurrido? ¿Qué había hecho mal para que el hombre le
hiciera aquello?. Este es un sentimiento muy común en los niños que han sufrido
abusos. La chiquilla recuperó poco a poco parte de su vida, su autoestima, y
comenzó a sanear su mente que llevaba tres años enferma de terror. Había
callado todo el asco y el horror que le había provocado el viejo porque, de
alguna manera, ella se sentía culpable y para que sus padres no le faltaran.
Era un secreto y no lo diría nunca, jamás nadie sabría nada de lo ocurrido.

Un par de años más
tarde su cuerpo floreció y se hizo una mujer; una mujer que ha ido arrastrando
las consecuencias de aquella violencia durante toda su vida, pero eso señores,
es parte de otra historia.La mujer madura y de mirada triste que habia contado la indignante historia guardò los folios en una carpeta, se quito las gafas para dirigirse al pùblico que abarrotaba la sala:

-Bien, señores, con
este último caso sobre los abusos a menores, estas jornadas quedan clausuradas.
Les agradezco su asistencia y espero que todo lo expuesto pueda ayudarles en su
trabajo futuro. ¿Si alguien desea hacer alguna pregunta?.

Unos cuantos
asistentes preguntaron y ella respondió profesionalmente a todos de cómo se
puede detectar un abuso en una criatura, sea niño o niña. Habló de síntomas y
de consecuencias hasta que hubo resuelto todas las dudas.

Cuando se acercaba
sola a su coche para marcharse a casa el joven que había estado callado durante
toda la exposición, tomando notas y que había puesto cara de asco ante el
relato de la doctora, la abordó con sonrisa nerviosa y le espetó:

-Perdone doctora, me
gustaría hacerle una pregunta ¿Cómo puede usted saber tanto de la violencia
contra los niños?, que yo sepa su rama no es…

La Doctora Fernández mirò al joven directamente a los ojos y le corto secamente respondièndole antes de que terminara la frase.

-Porque la niña a la
que he descrito en este caso… soy yo.

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