FILOSOFIA DE LA LUZ

Posted on 8 febrero, 2010. Filed under: Sin categoría | Etiquetas: |

Beligerancia de las imágenes… a flor de piel

Filosofía de la Luz



Nadie se baña dos veces en la misma luz.



Existe un
diálogo vibrante (y ondulante) entre la luz y
los cuerpos capaz de liberar al pensamiento de cierta
oscuridad
que enceguece a la humanidad con trampas alienantes. Es un
diálogo
incesante y concreto en celebración de arco iris que se moja
en la intemperie vertiginosa del movimiento universal. Es un
diálogo
histórico que vivimos a flor de piel.


Entre la luz y el cuerpo humano existen, incluso,
debates y
conflictos
. Uno no pude caer en el pecado del simplismo ni debe,
por supuesto, ser poco serio con las pasiones luminosas… a luz de
la razón. Esos
diálogos entre la luz y los
cuerpos esculpen parte de lo que uno es, el ser mismo, en la
dialéctica de la materia hecha carne y hueso. Nada más
y nada menos, esos
diálogos esculpen parte de los
cuerpos todos y los lanzan al pensamiento para que completemos, a
fuerza de luchas y tensiones, la construcción dialéctica
del sentido. A todas luces.


Esos
diálogos entre el cuerpo humano y la luz suscitan
tensiones y
revelaciones mediadoras de lo que se ve y lo que
se piensa traducidas en mapas epidérmicos que son siempre
territorios movedizos tatuados con luz en movimiento. Arrugas,
pliegues, cicatrices… son visibles porque toman la luz, porque la
reflejan y la poseen, cada cual a su modo histórico, de afuera
a adentro de adentro a afuera. Se hace visible también todo
por los quiebres y
reflejos de la luz… por esa cierta
fotosíntesis de la vida que da cuentas claras sobre
algo que uno interpreta siempre en la ruleta de mil factores. Los
cuerpos
tramitan con la luz una cartografía particular
para revelar, develar, quitar oscuridades y esculpir con luz las
sustancias del significado. No hay sentido sin materia.


Las cartografías que se aferran a las pieles tienen bases
concretas. Hay reflejos luminiscentes que cosquillean la historia
humana, envuelta en la historia de la materia, para hacer visible una
totalidad que no cesa de moverse ni en la piel ni en el universo. Y
la luz juega un papel preponderante que es seductor y es hipnótico,
que es inconmensurable y que es magnético. Es irreducible,
patrimonio humano no negociable. Luz y cuerpos sostienen
diálogos
amorosos, inéditos siempre, sobre el mapa
cartográfico
de la vida.


El
diálogo entre la luz y los cuerpos humanos tiene
bases físicas que evocan la dialéctica del universo
reproducida entre reflejos que hacen visible la vida misma como
explosión luminosa tatuada en la epidermis. La luz y el cuerpo
se regalan
códices impresos sobre veladuras
de piel que son como mapas con raíces de símbolos
personales, culturales, históricos y sociales cuyas
fronteras
únicas son los límites de la razón y los límites
de los sueños. Mapas abecedarios de un lenguaje luminoso
plagado de tentaciones táctiles.


La piel ofrece sus mapas azarosos a una lectura embriagante de
biografías escritas con luz jeroglífica de sol a sol.
Es que hay en ese
diálogo, entre la luz y los cuerpos,
drama y espíritu, conciencia y corazón en consonancias
de acción y expansión porque poseen una semántica
de emociones y formas cuya dramaturgia simbólica arroja claves
para la filosofía, la ciencia…la conciencia material y
concreta que pega saltos cualitativos, ayudada también por la
luz cartógrafa. Algo vuelve a nacer en cada lectura nueva que
logramos descifrar sobre las pieles que ofrecen su mundo de
apariciones y conclusiones que no consisten en saber de qué
está hecha el alma sino la lucha humana.

La luz esculpe en el cuerpo humano el estado de
sus luchas por que es su símbolo mayor, su arcano favorito.
Predomina el relato de todas las luchas de la materia, la carne, el
cuerpo, las ideas, las clases sociales en la piel… signa
gráficamente el propio movimiento de la humanidad en su
ascenso para pertenecerse a sí misma.

Hágase la luz


Hacer la luz es, también, apresurar la tensión y la
distinción de objetos distintos y contradictorios en el
pensamiento. Más aun, hacer la luz, bajo los caprichos
formales que seamos capaces de pergeñar, es radicalizar una
lucha para ponerle voz, guías, mapas… a todo lenguaje, a
toda necesidad por nombrar al imaginario que lucha por expresarse por
sí o por otros —signo— en el cuerpo, en la carne, en las
almas colectivas. Es poner al alcance de la vista la piel histórica
que ostenta marcas de un trajinar humano cuya naturaleza nos enseña
otra cara del cuerpo donde la caligrafía del tiempo sobre la
piel es augural y conlleva en sus
textos la crónica de
la lucha humana, desigual y combinada.


Como la mayor parte de la luz no depende de los seres humanos, como
la materia lumínica omnipresente y duradera baña todo
con su lluvia, aprendimos a imitarla con balbuceos de soles enanos al
asedio de oscuridades que son parte de nuestros límites
actuales. Sabemos que un día la luz ayudará a sublevar
la historia porque sus
clarividencias no parecen tener
descanso. La luz nos arrastrará con sus caudales al océano
de las rebeldías mejores que desembocan en el ascenso humano.
Ya vimos lo que promete el nacimiento de la fotografía y el
cine.


Es que la luz y los cuerpos encuentran sus ritmos en cualquier
coartada.
La luz le da a los cuerpos un punto
de visión
que se ofrece a los seres humanos como
movimiento que insufla sus maravillas al relato del mundo sedimentado
en las imágenes.
Para particularizar su luz los cuerpos
se las ingenian con alianzas formales cuya visibilidad adquiere
diversidades extraordinarias, de afuera o de adentro, porque hay
siempre una lucha de la luz que se hace lenguaje en nuestras manos.
Lucha a veces cruenta.


La luz acelera las intemperies del cuerpo, individual social, bajo
los abanicos de los pliegues epidérmicos. Hay luz que se
comporta como vegetal sobre la constelación de los poros. Luz
cantante de silabas lluviosas que chocan sobre los cuerpos para
romper su oleaje de claroscuros contra la mar epidérmica.
Cierta parte de la luz pesa como lápida náufraga sobre
los ojos traductores de formas. De ella se sabe que emana influjos
que han hipnotizado muchos cuerpos. Lo saben las estrellas.


Y es que la luz con su movimiento erótico se pasea sobre el
tiempo. Es la misma luz cósmica y epitelial que lleva en el
corazón también planetas difuntos, sentidos propios,
eternidad de movimiento. Es la luz cóncava y convexa que en
manos de la humanidad trata de romper todas las cadenas
sintácticas
para relatar anecdotarios de piel bajo esa neblina analfabeta que se
arrincona en ciertos párpados.


La luz no se resigna, una y otra vez se
adueña de los
cuerpos y los re-escribe bajo sus leyes. Rebela y rompe en movimiento
nuevo la unidad más simple e indivisible del conjunto de los
cuerpos donde reposa en activo. La luz es capaz de refractar las
unidades significativas más ajenas a sí aunque no
siempre de manera rigurosa y unívoca, con todos sus átomos,
al servicio, incluso, de los
idiomas más primitivos.
Como el del tacto, el oído, el gusto…


La luz al posarse sobre éste o aquél cuerpo, tocarlo y
hacerlo visible, es una totalidad de unidades compactas e
inseparables, constituye dirección y ritmo. Su baño
sobre las cosas confiere una especie de
vida peculiar al mundo
objetivo, también animado con luz, por la luz del universo, en
flujo y reflujo, unión y separación descargadas sobre
un conjunto de seres vivos movidos por fuerzas semejantes a la luz
que baña astros y planetas. Una danza febril que electriza
todo. Entonces la luz nos ofrece una degustación universal de
colores y matices en lucha convulsa contra el
vacío o
la
nada. La luz nos hace rebeldes y su poder se manifiesta en
el magnetismo de nuestras fuerzas creadoras en multiplicidad de actos
vitales. La luz es por eso uno de nuestros más queridos
símbolos de lucha y revolución.


El lenguaje de la luz sobre la piel el es un himno de vida que preña
de significados niveles emocionales muy variados. Sea luz
natural
o luz
humana. La unión entre luz y cuerpo comprende la
manifestación de una realidad ruidosa como el lenguaje,
condicionada por el carácter histórico de su
existencia, lleva consigo una revolución del cuerpo, tensión
del espíritu, la razón de lo indecible.


La luz transformada en el cuerpo es, ante nuestros ojos históricos,
lenguaje con cambios sintácticos de tensión y
naturaleza a manera de una geografía encarnada. La luz
inseparable de la realidad se hace, en nuestras manos, también,
escritura dialéctica de sombras. He aquí la humanidad
haciendo de las suyas. Estira el mundo y lo vuelve todo piel entre
sobresaltos milenarios.


No hay luz que nos alcance para saciar nuestra sed de colores y
formas, el hambre de contornos y texturas, el apetito de honduras y
cumbres. La voz del mundo es una voz luminosa y exultante ideada por
nosotros para contarnos una leyenda plena de luchas que nos ha dejado
avivada la voluntad de seguir explorando formas y ritmos para nuestra
liberación definitiva. Lo tenemos anotado, bien clarito, en la
demografía de seis mil millones de papiros vivos que se
envuelven con el frenesí luminoso de sus cuerpos prismáticos
respectivos.

Humor vítreo.


Ese
diálogo entre la luz y los cuerpos tiene su chiste.
La luz y el ojo humano tienen cierto sentido del
humor habitado por una tensión de vértigos y claridad.
Los ojos no se dan baños de pureza en las fuentes de la
perplejidad. La luz tiene un acento casi imperceptiblemente y augural
especie de murmullo del tiempo en los relojes de arena. ¿Hay
alguien que no lo haya escuchado?


La luz a veces tiene
diálogos iracundos contra los
cuerpos, se llena de tempestades que representan vínculos
viejos con el corazón. Es un
diálogo costoso y
produce en los cuerpos una transfiguración de farol extenuado
con ansias de muerte que la luz creía surgida de las formas y
que, a la larga, adquiere tono heroico en los juegos de reflejos que
pueden sentirse como vértigos a punto de sublevarse contra la
razón. En un abrir y cerrar de ojos.

Hay una claridad histórica objetiva que nos
refleja y abisma bajo ese fuego solar que baña a los cuerpos
sin clemencia. La luz parida por el sol también calcina la
materia lentamente con sus lenguas incendiarias mientras la humanidad
interroga al universo, perpleja y atónita. No queda otra
alternativa. La visión no metafísica del cosmos
despierta fuerzas que la humanidad cultiva, por medio marcas sobre la
piel, con mapas a intervalos iguales revelados en tiempo real
entre golpes de suerte y lucha por el ascenso de los pueblos.

La luz y el ojo gozan el incendio, material y
concreto, del vacío que el sol pirómano inunda
impulsado por el movimiento que lo hace visible, irremediablemente,
gracias su luz y la nuestra. La medida no es tiempo sino la luz que
nos transporta para presentarnos vestidos de temporalidad superior a
nosotros. Y tratamos de imitar semejante portento no sin errores
ridículos y no sin aciertos. La luz y el ojo toman del
universo los bocadillos de tiempo inmersos en todo porque son esa
parte que nos espeja. La luz y el ojo realizan operaciones de un modo
paradójico. En la luz anida un ir hacia fuera de nosotros, en
el ojo hay un ir hacia adentro. Cuando la luz se desnuda ante
nuestros ojos y desnuda al universo lo que pasa en el ojo es nuestra
vida propia. Eso es extraordinario. Llevamos las pruebas tatuadas en
la piel.

Es un humor que es imposible disociar de ciertas
fuerzas de visión del mundo. Las formas en todas las
expresiones adeudan a la luz un sentido e imagen de lo universal cuya
temporalidad concreta, hecha de contornos específicos,
contiene a la vida rodeada de signos donde se aferra la
representación toda. Ese es el chiste.


Ese
diálogo entre la luz y todos los cuerpos encontró
sus propias fuentes de doble sentido herméticos para la poesía
al alba de las sombras cuyas claves se hayan escrito en la carne de
la humanidad y esa es su claridad. Una y mil veces.


La carne tatúa sobre sí la claridad de la vida. Es una
voluntad de luz para alumbrar tinieblas que suben de tono cada tanto.
Tales tinieblas están presentes en la geografía
experimentada de los cuerpos embrujados por un río de luz
telaraña que corre deslindado por la historia y por el
universo. Ese es su chiste. Ese
diálogo entre la luz y
los cuerpos esclarece mitos amortajados bajo la piel con una claridad
nueva incoercible porque es insurrecta necesariamente, en los
pliegues de la conciencia, del cuerpo, de las luchas humanas
empapadas de luz en todos sus sentidos. Es que la luz, llegada de la
historia, está soldada a la naturaleza por las exigencias
materiales de la conciencia que ha sabido incluso de lágrimas
y miserias.


Al morir, morirnos cada cual, la luz nos ocupará la ausencia
como una laguna. Será siempre lluvia fresca. Un mazo de luz
culminará los dibujos del inconsistente colectivo sobre todos
los rincones del tiempo adherido a la piel. Y moriremos del todo y de
seguro con los cuerpos en la parte más húmeda de los
ojos -el útero- del sentido. Las formas ascenderán de
su estado jeroglífico para volverse claves en los pliegues del
espíritu. Nuestros cuerpos, tarde o temprano, como poemas
rituales de ciertos símbolos ambulantes prescindirán
como homúnculos astrales de la vida real y concreta… y de la
luz. Y eso se notará a leguas. Pero es a través de ese
diálogo, nada sombrío, sostenido en todos los
tiempos que la vida cuelga su farol de tiempo presente y se subleva
contra la mediocridad. Ese
diálogo de los cuerpos con
la luz, a través de los días y las noches, da sentido a
la muerte que transpira luz en la historia donde se alimenta nuestra
vida. Como Tezcatlipoca.


El
diálogo tiene su gracia porque se desarrolla entre
idiomas de letras tan leves que fortalecen los espejos inconclusos
del pasado, del presente y del futuro. Chiste idóneo para el
vientre de la córnea.


No sólo es la luz quien muestra su humor, también los
cuerpos saben hacer lo propio. Las miradas hinchan un perfume de
figuras sobre corazón del mundo físico. Lo cual quiere
decir que los ojos contribuyen a explicar esa corriente anímica
interna anidada en la inervación magnética de la luz
que es idéntica a la del corazón. La luz ha estado ahí
siempre en movimiento. En un parpadeo lo sabremos.

Dialéctica de la materia lumínica

Esto no se queda así. La luz no es
una “idea” ajena a la piel, la luz es una condición vital
que sopla sus efluvios en las cosas concretas que anclan la realidad
misma en nuestra experiencia. Por eso hacemos nuestra toda luz, le
inyectamos significados históricos y nos la ponemos sobre la
piel tatuada con todas las conquistas históricas que relatan
lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos. Por su parte los
cuerpos hablan con la semántica de la historia que efectúa
en el cerebro sus acrobacias más logradas ayudadas por las
máquinas más insólitas y maravillosas, de la
ciencia y la conciencia. Mientras tanto hay miles de figuras
cartografiadas sobre la piel como reflejos derramados en el fragor
general del universo.

Hoy contamos con desarrollo filosófico-científico,
sistemático y provisional donde la luz refleja con toda
plenitud su importancia y fuerza. La humanidad empuñó
la luz para quebrar el poderío de la penumbra y estableció
formas luminosas, en el sentido propio de la expresión, para
que echáramos raíces cada vez más profundas
sobre el conocimiento paulatino del universo. Conocer la luz es una
revolución humana que recoge con pasión y carácter
la fuerza de planetas y satélites, estrellas, especies
vegetales y animales… todos son tributarios de la luz.
Conciencia
flamante sobre la vida.


La luz que recorre el universo nos recorre la piel y atraviesa la
historia. Deja sus marcas cartógrafas en las vías
lácteas de los cuerpos que
dialogan con voz de
termómetro y palabras de rayo sobre las alas de las mariposas.
Trasplante de sol en los ascensos de la conciencia que hemos
alcanzado para extirpar las tinieblas impacientes en la olla de la
alienación. Sintaxis del ascenso humano que plaga el cerebro
con imágenes de floración iridiscente. La poesía
misma.


Luz pulmón a sotavento contra las tinieblas que arrastramos en
las encrucijadas del pensamiento. No descansa ni de noche, su
misterio tiene ruido de carruajes de ese sol que escuchamos en las
ruecas de la existencia. Es evidente. Esa luz
dialoga con los
cuerpos como una telaraña inmensa sobre el insomnio de las
pieles. Esa luz se revuelca impunemente en su lecho de pieles
vagabundas. Lame las planicies de los cuerpos con su lengua de
presagios y siembra sus flores augurio bueno sobre el tiempo presente
a cielo abierto. Esta luz humana y cartógrafa dialoga con
aliento de barcas y peces mientras pasea por la orilla del sol. Luz
oleaje de caminos que ensanchan al mundo irradiando color de pájaros
y frutos al desnudo del alba centelleo de tierra. Luz espejo que
prueba la dialéctica de la realidad con tensión
revolucionaria para la agitación corporal y colectiva… que
pone en claro el sentido y contenido de su bullicio de imágenes
e imaginarios prendidos a la subversión de todo lo imaginable
concreto. Lo lúdico, lo erótico, lo onírico…
he ahí la luz en vivo y a todo color. Hay pruebas de todo tipo
al calor del sueño revolucionario y de la liberación
del inconsciente y la rebeldía fascinación vertiginosa.


Era de esperarse que la luz abriera paso, a toda costa, nuestra
conciencia para salir bien librados y fortalecidos de ese trance
complicado y extenuante a que ha sido nuestra prehistoria. Y era de
esperarse que la luz incubara en las esperanzas humanas su maduración
y sus potencialidades para pegar saltos cualitativos excepcionales.
Pero falta mucho.


La luz, por eso, es también una especie de canto a todo lo que
la libertad humana simboliza. La luz ha servido como vela mayor de
una
pulsión emblemática y rica en repeticiones,
reiteraciones y recombinaciones para un mismo juego dialéctico
entre la materia y la conciencia. La luz ilumina un repertorio
simbólico resuelto formalmente con la convicción de que
la revolución social y la lucha humana habitan el núcleo
de un deseo en constante desarrollo cuyos electrones definen su
fortaleza no con ilusiones sino con órbitas amplias de acción
directa transformadora.


La luz tiene una buena disposición al azar. Su diálogo
con los cuerpos, todos los cuerpos, propone a su modo el problema de
la identidad y la vida no como eso penosamente difícil sino
como eco universal, a caso glorioso, lleno música espléndida
de sobre el universo. Beso de la materia como mensaje del Sol que
escucharemos en las luchas entre los polos de clase irreconciliables.
La luz dará fuerza de visión materialista, clara y
útil, de día o de noche, contra lo insondable, lo
inexplicable y lo alienante que con mayor frecuencia, cada día,
hacen hasta lo imposible para reducir la voluntad más
epidérmica y revolucionaria de los seres humanos embrujados
con la influencia de la luz purificante.


A la luz de los hechos actuales la dialéctica de la luz
significada recorre el mundo expresándose, entre otras mil
formas, con demostraciones de rebeldía nítida al final
del túnel capitalista. Hay destellos, chispazos, estrellas que
guían y salvan de la desesperación y muchas son
producto de una lucha madurada, enriquecida y alumbrada con la
experiencia de luchas añejas. Se nota en la piel bien claro.
Hoy vivimos los pálpitos de un corazón iluminado de
maneras inéditas con una dirección de implicaciones
profundas donde la humanidad no será lo mismo porque será
mejor y libre. Está a la vista.

Beligerancias
de la Imagen


Producir imágenes es un episodio continuo y maravilloso que
permite capturar, alojar y cargar sensorialmente el universo, un
universo entero, la materia en la cabeza. Es transportar y expresar
el universo interior y el universo exterior a través de algún
artificio, producto y productor del conocimiento, la comunicación
y la creatividad humana. He ahí una beligerancia luminosa de
la humanidad que con su habilidad para producir imágenes carga
de luz, interrogaciones, intuiciones, nebulosas y hallazgos, la
conciencia toda realizada entre determinaciones objetivas de la
materia en movimiento y la realidad social.


Luz e imagen constituyen, aliadas en la producción de la
conciencia, una lucha transformadora que, en casi todas sus
definiciones, produce intercambio de imágenes como arma
emancipadora de la humanidad. Diálogo con los sentidos y la
luz que contribuye a multiplicar imágenes dialécticamente.
Así, producimos imágenes de las fuerzas más
profundas y libres del espíritu, del deseo… de los contactos
concretos con el mundo en síntesis dialéctica que funda
el conocimiento todo, la comunicación y la creación…
la poesía misma.


Es de importancia suprema hacer visible esta lucha humana armada con
imágenes, esta epopeya que pone el cuerpo para producir e
intercambiar imágenes cargadas con síntesis y con
pasiones. Hacer visibles los objetos del pensamiento, con la más
completa claridad y la suma de percepciones con representaciones que
serán imagen de las cosas y su comprobación como la
verdad en la práctica. Hacer visible esta beligerancia de la
imagen hecha realidad y fantasía, secreción valiosísima
impregnada de conciencia e inconsciencia, razón e instinto,
enigma y praxis, conocimiento y trabajo. Poner a la vista esta
producción material humana concreta, objetiva y subjetiva,
falible, maleable y no pocas veces inefable. Memoria, sueños,
juegos, proyectos… unidad material del universo con su diversidad
formal. Magnificencia, poderío y misterio.

He ahí la
imagen, materia dinámica, necesidad y proceso en la poesía
de la expresión y la fuerza de la vida del estómago y
del espíritu. Detonador incesante de coartadas en la corteza
cerebral y espiritual con sus bacterias representacionales
ordenadoras de la conciencia, en vigilia o en sueños, que
concatena y estratifica un plano racional con otro emocional, uno
puramente evocativo con otro onírico… pulmón
descomunal de invención cuya tarea consiste en procesar
orgánicamente el repertorio de experiencias que produce el
trabajo humano, su hacer todo que se colecciona permanentemente en la
cultura.


Gracias a la influencia de muchas imágenes la vida es también
un placer de luz tatuado en la conciencia. Una tensión
descomunal entre nuestros enigmas y la historia, una estrategia del
deseo para imprimir sobre el cuerpo marcas luminosas que también
se vuelven imágenes. Toda imagen intercede en la tensión
entre ciertas batallas emocionales de tipo salvaje que pertenecen a
esa categoría de la actividad mental que desborda los marcos
culturales con persistencia y consistencia únicas. Esas
imágenes reordenan y rearman escenarios con andanadas de
conmociones que mezclan colores, aromas, texturas, sonidos… para
reconstruirse como en un baile de nichos lúdicos cuya lógica
arquitectónica escasamente es legible por esquemas
convencionales.


Las imágenes hacen suyo lo profundo, lo lejano y lo extenso
para acercarlo a lo inmediato, a lo cercano y a lo específico.
Red de planos y dimensiones obediente al arbitrio de las necesidades
humanas. Red de luz transparente y expansiva. Retícula sobre
la totalidad de las experiencias; síntesis y proyecto
inmensurable. Violencia creadora de espacios y tiempos fiel a lo
accidental, lo histórico y lo social. Individual, colectiva y
viceversa. Tiene por garantía el vacío. Se expande
sobre él cardinalmente para alimentar diálogos y
debates con el caos. No es deidad, no es curiosidad, no es fatalidad.


Las imágenes bañan todos los planos afectivos como
coleccionistas de intensidades capaces de estremecer la vida misma
para siempre. Generan envolventes magnéticos creando colonias
de imágenes que se turnan primeros planos con planos
profundos, en lo individual como en lo colectivo, bajo la dinámica
de la semiosis donde se preñan, con cierta dosis de fusión,
las herramientas para el trabajo, el intercambio de la experiencia,
la procuración de alimentos y todo desplante lúdico
aparentemente propio de la inutilidad.


Así es la magnificencia de tal beligerancia, la realidad la
habita a su manera y se transforma hasta en esos territorios donde la
claridad mental es más profunda, irreductible y
problematizante. Las imágenes beben luz para formar
interrogantes y respuestas regidas también por una economía
lúdica. Por eso contienen potencias para enfrentar a ciertos
poderes hegemónicos que aprendieron a imponer modos de
pensamiento, modos de sentimiento y modos de comunicación,
convenientes al modo general de producción económica,
entendieron la importancia de fijar mercantilmente, imágenes
signos que se hacen pasar por colectivas. Usan de la Imagen
ingredientes descontextuados que consolidan instituciones culturales
para rendir culto a la explotación de algo o alguien.
Fragmentan las imágenes y los imaginarios al servicio de la
dominación ideológica, herramienta expansiva y letal
que acentuó las calamidades de todos los tiempos.


No es una beligerancia cualquiera, es una beligerancia luminosa
metida en el pensamiento que es un hervidero de imágenes que
dan individualidad a cualquier cuerpo real. Conciencia ligada a la
luz que nos circunda entre sensaciones visuales, auditivas,
olfativas, etc. que ocurren en el cerebro por efecto de los objetos
existentes realmente, de los colores, los olores, los sonidos y otras
propiedades que les son inherentes. Beligerancia humana con ideas,
conceptos y otras formas del pensamiento que son reflejos más
o menos exactos de los objetos, fenómenos y relaciones
sociales realmente existentes. Fuera de ellos las imágenes no
pueden surgir en la conciencia humana. Por lo tanto es particularidad
de la conciencia, como propiedad del cerebro, producir imágenes
del mundo material que incluye a la fantasía. No al revés.


Tal beligerancia contiene una relación estrecha entre el
origen de la producción de imágenes, el uso de las
herramientas y el trabajo humano. Hay que hacer visible la producción
de imágenes como tarea esencial de la existencia, como momento
crucial donde las representaciones o imágenes escenifican algo
de la inteligencia que nos permite girar la realidad, imaginarla, aun
incipientemente, bajo nuestro dominio y sin amos, incluso la
naturaleza. Beligerancia contra la oscuridad impuesta que es un hito
fenomenal. Transición superadora que perfecciona
dialécticamente herramientas, habilidades imaginativas y
significativas al mismo tiempo. “
No voy a ocultar que, para mi1,
la imagen más fuerte es aquella que contiene el más
alto grado de arbitrariedad, aquella que más tiempo tardamos
en traducir a lenguaje práctico, sea debido a lleva en sí
una enorme dosis de contradicción, sea a causa de que uno de
sus términos esté curiosamente oculto, sea porque tras
haber presentado la apariencia de ser sensacional se desarrolla,
después, débilmente (que la imagen cierre bruscamente
el ángulo de su compás), sea porque de ella se derive
una justificación formal irrisoria, sea porque pertenezca a la
clase de imágenes alucinantes, sea porque preste de un modo
muy natural la máscara de lo abstracto a lo que es concreto,
sea por todo lo contrario, sea porque implique la negación de
alguna propiedad física elemental, sea porque de risa
…”
André Breton


Es preciso arrojar luz para hacer visible la magnificencia de esta
beligerancia humana contra la ceguera ayudándonos con imágenes
que son encuentro de luz y realidades distintas en unidad dialéctica
de contrarios. Salto de lo cuantitativo a lo cualitativo donde los
términos adquieren contradicciones nuevas. Probablemente sea
este uno de los motores más poderosos de la libertad en todas
sus escalas. He aquí que imaginar no es un permiso que se
otorga a la sociedad, no es un permiso a los humanos en lo
individual, se trata de una necesidad fundamental y un derecho
colectivo. Es uno de los trances más profundos resultado
necesario del deseo, originado por el encuentro dialéctico de
realidades que en su hallazgo fundan dinámicamente el
conocimiento todo.


El espíritu se las arregla para escudriñar sus límites
al encuentro de realidades contradictorias en trabajo constante. El
espíritu se las arregla incluso azarosamente para luchar en la
aproximación de dos o más términos de la
realidad, en alianza con la luz, para producir otra luz especial, la
luz de la imagen, ante la que nos somos infinitamente sensibles. Cada
imagen vale por la fuerza que produce en el lugar y momento en que se
produce. Vale por la carga eléctrica que porta en el momento
del encuentro de dos o más realidades que derivan en una
chispa, en consecuencia, el valor de la imagen está
también determinado por la diferencia de potencia entre los
dos elementos conductores. “
El espíritu adquiere plena
conciencia de las ilimitadas extensiones en que se manifiestan sus
deseos, y en las que el pro y el contra se armonizan sin cesar, y en
las que su ceguera deja de ser peligrosa. El espíritu avanza,
atraído por estas imágenes que le arrebatan, que apenas
le dejan tiempo preciso para soplarse el fuego que arde en sus dedos.
Vive en la más bella de todas las noches, en la noche cruzada
por la luz del relampagueo, la noche de los relámpagos. Tras
esta noche, el día es la noche
” André Breton


Es imperativo hacer ver la importancia de las imágenes que
también radica esta síntesis entre lo profundo interno
y la realidad objetiva donde la conciencia da sus saltos cualitativos
para cruzarse con la revolución social y política. Con
la producción de imágenes es posible, también,
hacer frente a los aspectos más embrutecedores y alienantes de
la etapa actual del mundo capitalista. Es probable que las imágenes
sean decisivas en el salto cualitativo más importante de la
humanidad contra todas las formas sociales que le son adversas.


La fuerza de las imágenes todavía nos exalta y es
necesario reconocer que cuanto mayor sea su poderío mejor
servirá para evidenciar las más profundas relaciones
entre la libertad y la vida. La producción de imágenes
bien podría ser un instrumento de liberación
definitiva, una insubordinación del espíritu, una
negativa a doblegarse, una forma superior de beligerancia para la
búsqueda de lo maravilloso concreto. Beligerancia bajo el
impacto de la lucha de clases con exactitud de poema y como
investigación del espíritu sobre los temas más
diversos, la esperanza, el amor, la vida, etc. Investigación
que consiste en escapar al control alienante por encima de todo y
siempre, investigación para probar de un solo golpe la
necesidad de superar el foso en que una parte inmensa de la humanidad
ha sido hundida.


Esta beligerancia de las imágenes es escritura del espíritu
sobre los cuerpos, corregida a partir de observaciones y discusiones
que incluso comienzan analizando la amenaza del capitalismo contra la
civilización humana en su conjunto. Escritura del espíritu
sobre las pieles como actividad creadora que no puede nacer en un
contexto de estrangulamiento. Beligerancia como texto filosófico,
sociológico, científico o artístico sobre la
epidermis de la historia y la epidermis de los que luchan.
Beligerancia de las imágenes que tiende a ampliar la
transformación del mundo. Beligerancia contra la oscuridad y
los oscurantismos.

Hacer visibles las
imágenes tatuadas con beligerancia de luz sobre la historia
humana es utilizar todos los instrumentos de una partitura de
espíritus rebeldes, es ejercer una dirección sobre la
creación para desarrollar sus fuerzas productivas materiales y
asegurar la emancipación de la riqueza expresiva de la
humanidad; es incluso, con la poesía base de todas las
necesidades creativas, consagrarse a investigar una belleza
convulsiva y punzante en irrupción permanente.


Beligerancia adoptada como solución rigurosa para a sanear de
toda maledicencia mercantil los mitos, la razón, el contacto
con lo inmediato, las finalidades internas de la libertad permanente…
donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el
futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo
encuentran, de una vez por todas, su lugar preponderante,
des-alienado, en el mundo, encuentran su más sorprendente
resolución como fuerza de pensamiento revolucionario, del amor
y de la imaginación transformadora. La vida misma. Eso es
tarea urgente. Se ve claro.


La imagen es una creación pura del espíritu…”
Paul Reverdy

Tomado de la red

para ti con el cariño de siempre


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